jueves, 28 de agosto de 2014

Con.

He notado que, cuando no estás, al lavar los trastes lo primero que lavo es la taza que te traje de París; ésa en la que te preparo el café y que a veces te recibe acompañada de una cena para cuando regresas del trabajo o algún viaje, y lo hago con bastante cuidado. 
Seguramente porque se trata de algo tan nuestro, tan de mí, tan tuyo; porque me hace evocar aquella emoción que sentía al pensar en tu mirada y el fulgor con el que dejarías inermes a mis ojos cuando me vieras regresar. Cuando en ellos percibieras que, a pesar de la distancia, jamás me alejé de ti.

Esta mañana no me sabe, ni siquiera con el cafecito que igual tú siempre me dejas… y mejor no hablar de la noche; extrañé tanto el inefable efluvio de tu piel, en tu cuello sobre todo. Sentí que me faltaba aire y cómo no sentirme así, si me faltó la temperatura de tus besos, yesca de mi corazón, la calidez de tus ojos, la tenue intensidad de tus caricias, mi mejor cobijo.
La lluvia, la neblina y el frío, no deberían ocurrir en las noches donde no podamos estar juntos.

Podría decirte que me encantaría estar abrazado a tus ebúrneos muslos y comenzar a besarte para excitar tus dendritas, presionar poco a poco tu cuerpo contra el mío para ir mojando, primero, tu córtex con serotonina y poner a palpitar tus meninges como suelo hacerlo con tu clítoris. Hacer con cada poro de tu espalda un laberinto para perderme y re-perderme sin intenciones de querer hallar la salida. 
Es tan excitante saber que estás tan dentro de mi mente aún cuando yo no estoy dentro de tu cuerpo… pero hoy no, hoy te extraño diferente, hoy extraño las pláticas, los "chiqueos", las risas… te quiero. Y me siento distante, no sé por qué me he puesto a pensar que, en estos días de prolongada ausencia, pudieras aburrirte, perder el deseo, el cariño. Te deje de parecer interesante, dejes de sentirte tan bien conmigo. Sé que no es así, esto sólo se debe a que ahora yo he sido el que se ha quedado.
Y es que bien sabes que cuando estoy contigo a mi camisa le sobran botones y a la noche le faltan horas.

El martes me quedé observándote desde la puerta hasta que te perdiste entre los arbustos y con la mirada te abracé, te besé, te dije “no quiero que te vayas”.  Pero así son las cosas, a veces difíciles cuando se experimentan por vez primera, ya después uno se “acostumbra” pero eso no significa que no las sienta. Me pareció tan contradictorio que el mismo lugar que tanto nos ha unido sea también el que ahora nos separaba... nuestra casa.

Y sí, justo antes de dormir pude ir y navegar por la web, buscando algún otro poema de Gioconda Belli o leerte algo de Henry Miller, me encanta coquetearte, seducirte. 
Copiarte enlaces de mis otros fotógrafos favoritos, Nobuyoshi Araki o Ellen Von Unwerth, intentando estimular tu apetito visual con sus fotos llenas de erotismo y sensualidad. O finalmente, masturbarme y grabarme para mandarte esos videos que tanto te ponen, porque simple y brutalmente te extraño, y mucho. 
Con todo mi cuerpo, mi mente y mi corazón. 
Porque con la boca seca pude haber dicho sediento tu nombre. Porque con mis manos calientes me habría aferrado, abrazando la almohada fría. 
Porque con mi ocurrente pensamiento es que expreso el que hayas ocurrido a través de todos esos detalles que te encantan, que te enamoran.
Porque al tocarme, mi corazón late más rápido y quisiera que cada instante pasara más lento, justo como cuando camino a tu lado. 
Porque todos ellos se manifiestan en la tambaleante redención  que antecede la catástasis de un orgasmo que libera la contención de tu existencia, que atraviesa e invade, en cuestión de segundos, mi cuerpo, mi vida, su tiempo, su significado... pero en vez de hacer alguna de esas cosas he decidido venir y escribirte, acariciar con letras tu ausencia y disfrutarte aunque no estés. 

Te extraño mucho, te quiero toda, y te quiero ver ya.









Tu nombre, bien es un parónimo de delicia ¿lo sabías?





ERROR 404: your desires cannot be satisfied.

El único problema 
con mi adicción a las letras,  
es que a veces me provocan 
                   querer cojerme 
a las personas que las escriben. 








Ser.

Presentarse diciendo mi nombre, profesión o a qué me dedico; qué idiomas hablo y cuáles son mis hábitos o pasatiempos favoritos, suena más bien a entrevista de trabajo... no define quién soy sino para qué puedo ser útil. El quién soy y lo que soy, se define por lo que vivo y me hace vivir, en una constante re definición y de eso es de lo que escribo. De realidades y algunos sueños; de las cosas que me hagan sentir y por lo tanto precisen toda mi atención aunque a veces también escriba para recordar, para matar y sobre todo para no morir.

Libros, viajes, personas… sobretodo personas. Personas con plática, interesantes pero que también sean capaces de reír o comerse una caja entera de chocolates. Que también hayan vivido; con todos sus contrastes  y matices implícitos que nos llevan a veces, y otras nos obligan, a aprender y valorar, crecer y seguir, apreciar y disfrutar.  
Y es que muchas veces el valor de la felicidad está en el costo de la tristeza, de lo doloroso. En aquellos fracasos continuos que de pronto nos llevan a triunfos increíbles. De aquellos errores que nos enseñaron que el error más grande es no intentarlo, de aquellos problemas que nos enseñaron que el problema es no enfrentarlo.  
En aquellos detalles mínimos que arrancan sonrisas enormes o siembran gran calma.


Porque las mejores cosas muchas veces no son esas que deseamos y se cumplen sino aquellas que jamás imaginamos y vivimos. Ya sea para descubrir que somos más fuertes de lo que pensamos, o que merecemos más recompensas que oportunidades o pruebas.